Son prácticas, eficientes, limpias y además son gratis. Nadie sale de un supermercado sin varias de ellas en sus manos. Se calcula que sólo en la Argentina se consumen unas 10.000 millones por año. Pero su uso desmedido, sin el correspondiente reciclado, tiene un altísimo costo medioambiental. Sucede que por falta de educación y métodos técnicos, únicamente se recicla el 10% de las bolsas que se utilizan.
El origen de todas las bolsitas es nada menos que el petróleo, el gas natural y demás derivados de la industria petroquímica. En las fábricas de plástico, todos esas sustancias se transforman en moléculas de hidrógeno y carbono, conocidas como polímeros o resinas polímeras. El polietileno se calienta a altas temperaturas y el polímero fundido se convierte en un tubo. Algo así como una máquina de hacer churros. Una vez conseguida la forma deseada, el plástico se enfría, se endurece y puede ser aplastado, sellado, reforzado, perforado o impreso.
En 2005, de las fábricas de todo el mundo salieron aproximadamente cinco billones de bolsas de plástico: desde las de basura, de gran tamaño, hasta gruesas para compras y finas para alimentos.
Entre Norteamérica y Europa Occidental se consume el 80% de la producción y su uso se está generalizando también en los países más pobres, por lo que la situación mundial podría agravarse.
REVIVAL. La guerra a las bolsitas no es nueva y muchos países la han librado con éxito. Irlanda es un caso paradigmático: desde el año 2000, se comenzaron a tomar medidas drásticas y el consumo se redujo en casi un 95 por ciento. Bolsas de papel y de tela son parte de la vida cotidiana en Dublín y otras ciudades y pueblos.
En Holanda, en cualquier supermercado, las bolsas de plástico deben comprarse aparte, y no son baratas. China acaba de prohibir la entrega gratuita de bolsas plásticas ultrafinas.
Italia, Suecia, Dinamarca, Alemania e Islandia también han optado por la “tasa ecológica” que grava el uso de esas bolsas. En San Francisco, Estados Unidos, se lleva adelante una importante campaña en la misma dirección.
Además, el Programa de la ONU para el Medio Ambiente (Pnuma) realizó un estudio en el que fotografió y analizó miles de millas de mares y océanos del planeta. La conclusión es terrible: en cada kilómetro cuadrado de agua salada hay 18 mil restos plásticos flotando.
Datos entregados por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos muestran que menos del 1% de las bolsas son recicladas. Es que es más caro reciclar una bolsa que producir una nueva lo que provoca enormes dificultades económicas. Cuesta 4.000 dólares procesar y reciclar el plástico de una tonelada de bolsas que tiene un valor de mercado de tan sólo 32 dólares, lo que lo convierte en un negocio inviable. Si bien la Argentina es un país reciclador de plásticos, el índice de recuperación es menor al 11 por ciento.
CASO EMBLEMÁTICO. En Puerto Madryn, diferentes instituciones como INTA, Universidad Nacional de la Patagonia, Cámara de Industria y Comercio, Fundación Patagonia Natural, Secretaría de Ecología y Medio Ambiente, además de referentes barriales, trabajaron con una decena de mujeres desocupadas que se sumaron a la idea de producir las “bolsas de los mandados”. Se analizó qué tela era la más conveniente, se desarrolló un modelo, se las capacitó.
Hoy, la producción de bolsas fue incorporada en otros rubros de producción textil, aumentando por lo tanto la incorporación al sistema productivo de personas desocupadas. “Se está en los inicios de un proceso de cambio de hábitos y costumbres que implica mucho tiempo y que requiere ser desarrollado en forma participativa para que toda la comunidad se involucre y asuma su rol protagonista”, aseguró Héctor Zorzi, a cargo de la coordinación del proyecto en Puerto Madryn.


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